El alma de cada planta

EL ALMA DE CADA PLANTA

Hoy se sabe, gracias a sofisticados aparatos tecnológicos (entre ellos, polígrafos o detectores de mentiras y psicogalvanómetros o medidores de emociones), que las plantas reconocen a las personas, sienten la música, reaccionan ante el estrés y a la falta de cuidados, tienen memoria y perciben el odio y el amor.

En dos palabras: tienen consciencia y sentimientos. Los pueblos antiguos dirían que tienen alma y, nosotros, de una forma bastante expresiva (y hasta sensacionalista) diríamos que las plantas también lloran.

El chamán yaqui Don Juan, cuando conversa con su discípulo Carlos Castaneda, le dice que uno debe hablar con las plantas, puesto que cada una tiene su propia personalidad, todas están dotadas de sensibilidad y alma. A su vez, ellas pueden comunicar sus “sentimientos” al hombre, para que éste pueda ver, sentir y escuchar lo que dicen. Don Juan también le comenta que el vínculo entre las plantas y los seres humanos es tan fuerte que cuando un hombre arranca una de ellas debe pedirle disculpas y explicarle que, algún día, otras plantas utilizarán su cuerpo como alimento.

Cuando Castaneda pregunta qué debe decirles, el chamán le responde, sencillamente, que hable con el corazón. Bajo esta concepción no es extraño que el jefe indio Smohalla, de la tribu Wanapum, se negase a trabajar la tierra pronunciándose de la siguiente manera:

¿Me pedís que corte la hierba y el heno y lo venda para enriquecerme como los blancos? Pero ¿cómo me voy a atrever a cortar la caballera de mi madre?

Él sabía, como tantos otros, que todos los seres vivos de este planeta, en sus distintas manifestaciones de vida, estamos interrelacionados. Lo dijo en su momento el jefe indio Seattle al presidente de Estados Unidos, Franklin Pierce, en 1885: 

Lo que hagáis a la Tierra se los estáis haciendo a los hijos de la Tierra”.

Y siempre conviene repetirlo para los desmemoriados.

Muchas de las tribus de indios norteamericanos creían que las plantas eran los cabellos de la Abuela Tierra, de tal manera que el chamán o el brujo les cantaba una canción mientras las iba arrancando, pidiéndole perdón, luego permiso y, por último, rogándoles que le transfirieran su poder. Un poder, sobre todo, medicinal pues el planeta entero es una gran botica, si se conocen sus propiedades y se sabe escoger cada producto en su momento adecuado. Los sistemas variaban de unas tribus a otras. Algunos grupos, como los cherokis, utilizaban una hierba cada vez para sus usos medicinales, en cambio los herboristas algonquinos usaban una receta que contenía entre nueve y veinte plantas, unas más potentes que otras, siendo el número de las mismas representativo de su fuerza.

Son muchos los sanadores o chamanes nativos de Centroamérica que se comunican con los espíritus de las plantas para averiguar la causa de una enfermedad y para recibir los remedios más eficaces. No es ningún secreto el hecho de que algunos linajes de chamanes tienen una relación especial con una planta concreta (una de las más importantes es, sin duda, la ayahuasca o soga del muerto), que a su vez les comunica, a modo de hilo directo con el más allá, con todo lo invisible y lo intangible. El médico alquimista Agrippa von Nettesheim ya comentaba en el siglo XVI que todo está conectado y animado, que las almas del hombre, del animal, de la planta y del mineral son parte del alma global, el ánima mundi de la que todos los seres animados e inanimados formamos parte.

Prácticamente no había “pueblo de tradición” que no tuviera un respeto hacia su entorno natural y no por meras razones ecológicas, de las que ahora se esgrimen, sino porque consideraban que cada árbol, cada flor, cada elemento vegetal en suma, estaba albergado por un espíritu al que había que respetar. Lo malo es que nuestra propia ignorancia transforma a veces en desprecio todo aquello que desconoce aunque lo tengamos a nuestro alrededor.

La Tierra es insultada y ofrece sus flores como respuesta”.

 

 

Éste es uno de sus lenguajes, el otro es la metáfora, el estandarte o el instrumento arrojadizo y reivindicativo en diversos conflictos de carácter religioso o político.

Un ejemplo puede ser el de la mimosa, nombre que procede de mimo (es decir, de actor) que entre griegos y romanos era quien recitaba sus sentimientos en un teatro. El 8 de marzo, día internacional de la mujer y, por tanto, de la emancipación femenina, algunas mujeres van por las calles con un ramo de mimosas en las manos. ¿Y por qué esta flor? En recuerdo del trágico episodio del mismo día del año 1908, en Nueva York, en el que 129 obreras murieron quemadas durante una de las primeras huelgas en una fábrica americana. Sin embargo, es una leyenda falsa, carente de rigor histórico, al igual que también es infundada esa otra según la cual la fecha recordaría una huelga de trabajadoras textiles que se produjo en Nueva York el 8 de marzo de 1857, siendo reprimida brutalmente por la policía.

El origen del empleo de la mimosa hay que ubicarlo en el año 1946, cuando, en una reunión feminista celebrada en Roma, nació la idea de poner en el ojal una flor que pudiese simbolizar la jornada del 8 de marzo como el día internacional de la mujer ( al igual que el clavel rojo caracteriza el 1º de mayo, Fiesta del trabajo ). Era necesaria una florque se pudiera encontrar a principios de marzo y se acordaron entonces las acacias, esos árboles cubiertos de flores amarillas (las mimosas) cuando los demás están aún desnudos. La proposición tuvo éxito y esta elección aparentemente casual guardaba un profundo mensaje: la mimosa siempre ha simbolizado el renacimiento, o sea, el paso de la oscuridad a un estado de luz y de vida.

 

“El Alma de las Flores” Jesús Callejo Cabo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *